Los titulares económicos y el debate predominante en Silicon Valley están dominados por un temor generalizado: «La burbuja de la inteligencia artificial está a punto de estallar». Las caídas periódicas de las acciones de los gigantes tecnológicos, los informes desalentadores sobre ingresos proyectados que no se materializan y datos alarmantes —como el estudio del MIT que señala que el 95 % de los proyectos corporativos de IA aún no generan retornos tangibles— han configurado un panorama de profundo pesimismo. Nos encontramos ante una aparente disyuntiva: si la IA triunfa, sobrevendrá una ola masiva de desempleo; si fracasa, nos enfrentaremos a una crisis financiera devastadora.

Sin embargo, ¿es la verdadera pregunta «¿Es la IA una burbuja?» o deberíamos plantear: «Cuando esta burbuja estalle, ¿qué civilización se habrá levantado tras el polvo?»?

Anatomía de una ilusión: la brecha entre el valor intrínseco y la euforia del mercado

Una burbuja cobra vida cuando las expectativas colectivas se distancian por completo del valor intrínseco de un activo. Hace cinco años, la compra del primer tuit de Jack Dorsey en formato NFT por 2,9 millones de dólares se celebró como la «Mona Lisa de la era digital»; hoy, su valor comercial roza el cero. A finales de los años noventa, añadir el sufijo «.com» al nombre de una empresa disparaba su valoración bursátil más de un 70 % en un promedio de diez días. Hoy se repite el mismo fenómeno bajo la etiqueta «IA».

Las cifras actuales resultan asombrosas:

Entretanto, se han consolidado esquemas financieros circulares conocidos como transacciones de ida y vuelta (round-tripping). Nvidia invierte miles de millones en empresas emergentes de IA; estas startups firman contratos con proveedores de la nube, y estos últimos transfieren esos fondos de vuelta a Nvidia para abastecerse de procesadores. Informes del FMI indican que este tráfico financiero circular ha crecido con fuerza. Este circuito se sostiene únicamente mientras entre demanda real del exterior; en cuanto se abra una brecha en la demanda, el dominó caerá.

Lecciones de dos colapsos: las telecomunicaciones en 2000 y el sector inmobiliario en 2008

Para calibrar el momento actual, es indispensable distinguir entre dos tipos de burbujas cualitativamente distintas.

La lección de las puntocom: el potencial de una tecnología transformadora

Muchos suponen que la crisis de las puntocom fue solo la quiebra de portales como Pets.com. En realidad, el epicentro se ubicaba bajo tierra: la burbuja de las telecomunicaciones. Firmas como Lucent concedían préstamos multimillonarios a empresas sin solvencia para que compraran sus propios equipos de red. Al mismo tiempo, los directivos justificaban inversiones colosales en tendido de fibra óptica global bajo premisas falsas, como que «el tráfico de Internet se duplica cada cien días».

Surgieron dos obstáculos insalvables: el crecimiento real estaba sobredimensionado y, aunque se conectaron océanos y continentes, llevar la fibra hasta los hogares (el problema de la «última milla») resultó lento y costoso.

En marzo de 2000, el Nasdaq se desplomó perdiendo un 80 % de su valor. Para 2001, cerca del 95 % de la fibra instalada en el mundo permanecía inactiva («fibra oscura»). Hacia 2005, compañías como Google adquirieron esa infraestructura abandonada a precios residuales. Sin aquella burbuja desmedida, la red de fibra óptica barata jamás habría existido, y plataformas como YouTube o Netflix no habrían podido emerger.

La crisis inmobiliaria de 2008: especulación sobre activos tradicionales

En el extremo opuesto, la crisis de 2008 se originó en la apuesta a que el precio de la vivienda subiría indefinidamente. La banca emitió hipotecas de alto riesgo sin verificación real. Al estallar la burbuja, millones de personas perdieron su hogar y su empleo, sumiendo al mundo en una recesión que no dejó tras de sí ninguna tecnología innovadora ni infraestructura productiva para las generaciones venideras.

¿A cuál de las dos se asemeja la IA?

Los gigantes tecnológicos están apostando por la Inteligencia Artificial General (AGI), no por un activo estático. La IA ya enfrenta su propio dilema de la «última milla»: desarrollar grandes modelos de lenguaje es un reto; integrarlos de manera efectiva en la operativa diaria de las empresas y la economía es un desafío mucho más complejo. Si esta burbuja estalla, ¿qué quedará en pie?

Los microchips no serán el legado perdurable. A diferencia de la fibra óptica, que dura décadas, las GPU se amortizan y quedan obsoletas en un plazo de tres a cinco años. Los modelos de código abierto y el conocimiento acumulado sí perdurarán. El verdadero legado consistirá en la transformación de la infraestructura energética y eléctrica. Se proyecta que los centros de datos podrían absorber hasta el 12 % del consumo eléctrico de Estados Unidos para 2028. Esta demanda voraz ha llevado a las tecnológicas a financiar reactores de fusión nuclear (como la inversión de Sam Altman en Helion), adquirir centrales eléctricas dedicadas y encargar turbinas de gas avanzadas.

Si el fruto de la burbuja puntocom fue la fibra de alta velocidad, el de la IA serán redes eléctricas modernizadas, nuevas plantas de generación y energía abundante. De haberse actuado con prudencia meramente incremental, jamás se habrían canalizado cientos de miles de millones de dólares hacia la innovación energética.

Errores regulatorios y la verdadera sombra de la crisis

El peligro real no radica en la corrección de precios en sí, sino en las políticas públicas posteriores. Tras el desplome del año 2000, la Reserva Federal recortó las tasas de interés del 6,5 % al 1 %, inyectando liquidez barata que fluyó directamente al mercado inmobiliario y sentó las bases de la crisis de 2008.

Cuando los gobiernos intervienen para rescatar a actores privados que asumieron riesgos desmedidos, las pérdidas se trasladan a toda la sociedad. Los incipientes llamamientos a emitir garantías estatales sobre la deuda contraída en infraestructura de IA muestran que esa tentación resurge.

Ningún economista puede predecir con certeza el momento exacto en que estallará una burbuja. Alan Greenspan advirtió en 1996 sobre la «exuberancia irracional», pero los mercados continuaron expandiéndose casi cuatro años más.

La pregunta estratégica actual no es «¿Cuándo estallará la burbuja?», sino:

  1. ¿Cuál es la naturaleza de esta fiebre colectiva?
  2. ¿Quiénes asumirán las pérdidas?
  3. ¿Qué infraestructura perdurará entre los escombros para sostener el próximo salto de la civilización?

En ocasiones, la historia precisa de cierta desmesura e irracionalidad para dar grandes saltos civilizatorios. Las burbujas terminarán colapsando, pero las infraestructuras creadas en la cúspide de esa fiebre iluminarán el mundo del mañana.